La chica de los ojos de estrella estaba llorando.
No. Estaba aguantando las lágrimas.
Lentes de sol cubrían sus ojos estrellados, auriculares intentaban sosegar su dolor con música y extraños que caminaban a su alrededor por la calle le dirigían miradas curiosas, pues resaltaba entre la gente por la velocidad de su paso en medio del paseo tranquilo, libre de responsabilidades, típico del domingo por la tarde.
Disimuladamente pasaba sus dedos por debajo de sus ojos de galaxias, atrapando las lágrimas antes de que cayesen.
Unos conocidos pasan frente a ella y la saludan, la chica de los ojos de estrella les devuelve su característica sonrisa, preguntándose cómo es tan imposible para el mundo ver que su universo se estaba cayendo a pedazos.
Sus piernas ansiaban correr, pero ella las refrenaba, no quería llamar la atención corriendo por en medio de la calle. En cambio, llevaba un paso apresurado, como quien está llegando tarde a un lugar, cuando en realidad es que no sabía hacia dónde estaba yendo, simplemente había comenzado a caminar, urgida por la necesidad de huir.
El problema era que los demonios que la acechaban no quedaban atrás, por el contrario, bullían en su interior, y ella los llevaba consigo, atormentándola, a cada paso que daba, frenando cada avance que deseaba hacer.
Contaba las respiraciones. Uno. Dos. Uno. Dos. La chica de ojos estrellados conocía de cerca el pánico, pues su cielo no era tan tranquilo como uno esperaría, por el contrario, desde su juventud que este tipo de tormentas habían sido sus fieles acompañantes, yendo y viniendo, habían meses que la dejaban sola, pero luego, había semanas en que se convertían en su mejor amigo, o, mejor dicho, en su peor enemigo. Es así como lo reconocía cada vez que el susodicho intentaba tomar el control, las respiraciones pasaban a tener lugar una muy cerca de la otra y comenzaba a hiperventilar, su cuerpo dejaba de pertenecerle y el mundo que la rodeaba se transformaba en figuras a la distancia.
Pero esta vez no ganaría.
Si tan sólo supieran lo buena actriz que era… ya habría ganado más de un premio. Pero era tan buena actriz que jamás nadie había logrado ver más allá de sus mentiras, de su sonrisa alegre, que nadie había logrado comprender la profundidad en sus ojos estrellados, o nadie había querido, quizá, pues era más fácil quedarse en la superficie de su blanca sonrisa que ahondar en la oscuridad de sus ojos.
¡Qué bello y qué oscuro que es el cielo nocturno! ¿Qué cosas guardará en sus profundidades?