miércoles, 30 de enero de 2019

Estrella fugaz

La chica de los ojos de estrella estaba llorando.

No. Estaba aguantando las lágrimas.

Lentes de sol cubrían sus ojos estrellados, auriculares intentaban sosegar su dolor con música y extraños que caminaban a su alrededor por la calle le dirigían miradas curiosas, pues resaltaba entre la gente por la velocidad de su paso en medio del paseo tranquilo, libre de responsabilidades, típico del domingo por la tarde.

Disimuladamente pasaba sus dedos por debajo de sus ojos de galaxias, atrapando las lágrimas antes de que cayesen.

Unos conocidos pasan frente a ella y la saludan, la chica de los ojos de estrella les devuelve su característica sonrisa, preguntándose cómo es tan imposible para el mundo ver que su universo se estaba cayendo a pedazos.

Sus piernas ansiaban correr, pero ella las refrenaba, no quería llamar la atención corriendo por en medio de la calle. En cambio, llevaba un paso apresurado, como quien está llegando tarde a un lugar, cuando en realidad es que no sabía hacia dónde estaba yendo, simplemente había comenzado a caminar, urgida por la necesidad de huir. El problema era que los demonios que la acechaban no quedaban atrás, por el contrario, bullían en su interior, y ella los llevaba consigo, atormentándola, a cada paso que daba, frenando cada avance que deseaba hacer.

Contaba las respiraciones. Uno. Dos. Uno. Dos. La chica de ojos estrellados conocía de cerca el pánico, pues su cielo no era tan tranquilo como uno esperaría, por el contrario, desde su juventud que este tipo de tormentas habían sido sus fieles acompañantes, yendo y viniendo, habían meses que la dejaban sola, pero luego, había semanas en que se convertían en su mejor amigo, o, mejor dicho, en su peor enemigo. Es así como lo reconocía cada vez que el susodicho intentaba tomar el control, las respiraciones pasaban a tener lugar una muy cerca de la otra y comenzaba a hiperventilar, su cuerpo dejaba de pertenecerle y el mundo que la rodeaba se transformaba en figuras a la distancia.

Pero esta vez no ganaría.

Si tan sólo supieran lo buena actriz que era… ya habría ganado más de un premio. Pero era tan buena actriz que jamás nadie había logrado ver más allá de sus mentiras, de su sonrisa alegre, que nadie había logrado comprender la profundidad en sus ojos estrellados, o nadie había querido, quizá, pues era más fácil quedarse en la superficie de su blanca sonrisa que ahondar en la oscuridad de sus ojos.

¡Qué bello y qué oscuro que es el cielo nocturno! ¿Qué cosas guardará en sus profundidades?

viernes, 25 de enero de 2019

Dios

Papá. Un Papá Misericordioso, paciente, que me espera con los brazos abiertos y con ojos de amor cada vez que me alejo, un Papá que no tiene reproches para mí, sino palabras de amor, un Papá que me pensó incluso desde antes que naciera, y que creó mi camino, amasó cuidadosamente mi alma, y puso mucho amor en mi interior, después, con un soplo, me dio la vida.

En ese momento preparó cada una de mis caídas, a veces se preparó para atajarme antes de que llegue al piso, otras, en cambio, se quedó parado para ayudar a levantarme, no importa cual de las dos eligió, siempre está a mi lado.

Y también pensó cada una de mis victorias, puso de su gracia en mí para que yo pueda lograr lo que me proponía, y escribió respuestas a cada una de mis preguntas, que están colgando en el aire para que yo, elevada por el fuego del Espíritu en la oración, pudiera alcanzarlas.

En ningún momento espera una retribución a cambio, sin embargo, cuando clamo muy fuerte su Nombre, las pocas veces que logro tener tan sólo un ápice de conciencia sobre la grandeza de su amor, ahí cuando me postro a sus pies y le ruego que me deje tomar sus asuntos en mis manos, así como Él toma los míos en las suyas, es ahí cuando me dice que lo único que quiere es que todos sus hijos puedan encontrarse con su amor, con la salvación que Él pensó para todos y cada uno de nosotros.

Y ahí es cuando más me emociono.

¡Qué grande que es mi Padre! ¡Teniendo toda la Gloria del mundo al alcance de la mano elije gloriarse en nosotros! ¿Cómo puedo ser merecedora de un amor semejante? Y tan rápido como hago la pregunta, me doy cuenta de la respuesta: no soy digna de su amor, sin embargo, Él me lo da, porque tal es su amor que fue capaz de entregar a su Hijo Único para salvarme, porque cada vez que me alejo, me espera con los brazos abiertos, porque no sólo dio la vida por mí, sino que la vive conmigo, porque chiquita, pecadora y torpe como soy, igual me alcanza una puntita de su Gracia, y desde mí hace maravillas.

Porque con sólo decirle que sí, Él logra imposibles.

María

Su paso es tan suave que a veces ni siquiera lo noto, pasa descalza por mi corazón tomando todas las cosas que me pesan, y haciendo mi carga más ligera con el simple roce de su manto. Sus manos dulces atienden mis heridas mientras que con severidad habla con su hijo, que es el Hijo de Dios, y es Dios en sí mismo, y le recuerda que yo estoy en la tierra, suplicando por sus milagros.

Jesús la mira un tanto reticente, es Él quien atiende mis suplicas, es Él quien conoce cuales son los tiempos perfectos, sin embargo, no puede decirle que no a su madre, y de la misma manera en que convirtió el agua en vino, atiende mi llamado.

¡Alabado y bendito mi Dios! Canto en alegría. Tan sutil es el paso de María que ni siquiera me pide que le de las gracias.

Sin embargo ella sigue ahí, caminando a mi lado, cubriéndome con su manto. Con su cálido tacto me acaricia cada vez que las preocupaciones no me dejan dormir, con su dulce voz me consuela cada vez que no me sale amar, es ella quien me revela el camino que Dios pensó para mí, cuando estoy demasiado asustada para oír la voz de mi Padre, es la Madre la que me revela lo que el Amor quiere para mí.

¡Oh dulce María! Llena de gracia, humana y chiquita, vos venciste a la serpiente, tan dulce, tan amorosa, y sin embargo fuerte y firme, decidida y con la esperanza puesta en Dios, tanta es tu fidelidad que el Pecado nunca logró corromperte.

Mamá del cielo, ¿Qué sería de nosotros sin tu sí? ¿Qué habría sido del Hijo del Padre sin tu fidelidad y tu docilidad? ¿Qué habría sido de todas las madres, sino tuvieran tu santo ejemplo?

Mamá, quiero ser más como vos. Quiero hacerme grande en mi pequeñez, quiero que mi sí sea tan firme como el tuyo, quiero ser capaz de pedirle los milagros a Jesús de la misma forma en que vos lo haces, quiero ser bendecida por tu dulzura, quiero escuchar al Espíritu antes que a la razón.

Cada vez que te miro, nada más que amor me devuelve tu mirada, ¿Como un ser humano puede amar tanto como vos amas?

Con tu manto y tus brazos abiertos, me llamas: “Hija, vení, con tu Padre del cielo te estamos esperando”, y cada vez que dudo en decirte que si, vos me aguardas, nunca cerrás los brazos, nunca te cansas conmigo, de la misma forma que tampoco se cansa Papá.

Tan suave es tu tacto que a veces ni siquiera lo noto, salvo por el sutil perfume que a veces me alerta de tu presencia, el olor a rosas me invade y calienta mi corazón, y todo mi ser clama por abrazar a mi Madre.

Santa y bendita sos. Ojalá algún día pueda ser más como vos.

La chica de los ojos de estrella

Podías ver la fuerza en medio de su fragilidad, sentada allí, en aquella silla, parecía que estaba sentada sola, en medio de la nada, pero en realidad se encontraba en una habitación llena de gente.

Minutos antes había estado sonriendo, riendo y bromeando. Su sonrisa, aquella hilera de blancos dientes, era suficiente para iluminar toda la habitación. Sus ojos guardaban los rastros de las veces  que aquella misma expresión había acontecido en su rostro, y el sonido de su risa parecía ser suficiente para traer comodidad y alegría a todos los presentes.

Luego la conversación pasó a otro tema, y ella aprovechó ese momento para perderse. Los pensamientos la inundaban, y si la mirabas ahora, veías a un ser pequeño, frágil. Repentinamente había cobrado y perdido años al mismo tiempo: por un lado quedaron a la luz los los años vividos, las lágrimas no lloradas y el estrés acumulado en las bolsas grisáseas debajo de sus ojos, en la expresión cansada de su rostro, en las marcas de preocupación de su frente que ahora parecían lo suficientemente profundas para competir con las huellas dejadas por las sonrisas, que se habían convertido en una silueta fantasmagorica en medio de un rostro desolado. Por otro lado, había rejuvenecido, en cuestión de minutos la mujer que derramaba amabilidad y belleza con cada paso se había convertido en una niña temblorosa cuya pequeñez pedía a gritos que la abrazaran, pero que jamás se dejaría acobijar.

Estaba convencida de que nadie la miraba, es por eso que se podía avistar su fragilidad. Normalmente, sólo mostraba su fortaleza, que como un rascacielo se alzaba hermoso y alto en medio de las nubes, imposible de derrumbar, inevitable de admirar.

Su desolación fue brevemente interrumpida por un pedido amable. El cambio fue casi automático: la sonrisa volvió a su rostro, los años que había ganado, se perdieron, y nuevamente creció hasta convertirse en la mujer que se encontraba sentada en aquella habitación. Incluso una broma amable abandonó sus labios, contagiando del buen humor que aparentaba llevar al emisor del pedido.

Pero así como había vuelto la vitalidad, a la misma velocidad de un chasquido se desvaneció cuando consideró que nadie la miraba.

Y una vez más estaba perdida en los secretos que ella sóla parecía saber, preguntándose si había alguien en la habitación que pudiera ver el cielo nocturno en sus ojos: infinito, oscuro, profundo y un tanto tenebroso, pero iluminado por miles de estrellas que encantan con su brillo.

¿Es que alguien era capaz de ver más allá de su sonrisa? ¿O esta era suficientemente luminosa como para encandilar a quien pusiese su vista en ella y evitar que pudiera avistar los largos campos oscuros e inhabitados que se escondían detrás?

¿Habría alguien en el mundo capaz de comprender a la chica de los ojos de estrella?

jueves, 24 de enero de 2019

El autoengaño

¿Qué es el autoengaño? Es cuando una persona se miente a sí misma.

Puede tomar múltiples formas, desde cosas que nos escondemos a nosotros mismos, mentiras chiquitas que nos decimos, hasta realidades que modificamos sutilmente hasta el punto en el que vemos lo que queremos ver.

Abarca desde el “un capítulo más” cuando vemos una serie de Netflix pasando por el “esta es la última vez que le hablo” hasta el “me ama pero no sabe cómo demostrarlo”.


Como verán, se puede sintetizar bajo “mentiras”. Todas son mentiras, simples mentiras que nos decimos todos los días y, peor aún, que nos creemos todos los días.

Le tengo miedo al autoengaño.

Pánico.


Huyo de él.

El problema es que es un engaño tan sutil, tan propio, que me lleva a huir “por las dudas”.

Tengo tanto miedo a autoengañarme, a inventarme a mí misma algo que no es verdad que salgo corriendo de antemano para llevarme la delantera, para evitar mentirme.


¿Cuántas veces, con la excusa de no engañarme a mí misma, simplemente estoy huyendo?

No se puede obligar a alguien a que te quiera.

Es así de simple. O te quiere o no te quiere.

Es algo que tengo muy claro, y jamás intento forzar a alguien que me quiera, pero hay veces que en mi intento por no forzar el amor del otro, termino rechazando el amor que me está dando.

En mi miedo de estar mintiéndome a mí misma, termino no creyendo lo que los demás dicen o hacen.


En el fondo, no me considero material digno del amor, de la atención de otra persona, entonces cada vez que percibo algo similar, me digo que me estoy mintiendo a mí misma, que estoy viendo lo que quiero ver, y, ante el riesgo de autoengañarme, simplemente me voy, porque odio mentir, pero más que nada odio mentirme.

Pero, ¿No estoy mintiéndome si nunca me puedo admitir lo que veo? ¿Si pienso que lo que veo, es siempre otra cosa? ¿Si un abrazo para mí nunca es sincero? ¿Si un beso siempre es vacío?

Qué fina qué es la línea entre cuidarme a mí misma, ser naturalmente desconfiada, y convertirme en una paranoica.

Creo que tengo un poquito de las últimas tres. ¿En qué medida? No sabría decirlo.

Cuidarme a mí misma es una necesidad. No es que nunca me cuidaron: en algunos momentos lo hicieron, pero en otros no. Hubo veces que no me cuidaron de sí mismos, que no me cuidaron de los fantasmas del pasado que los atormentaban y que, por ende, de rebote, me atormentaban a mí. Entonces aprendí a cuidarme sola, después también aprendí que en realidad no estaba sola, que estaba con Dios, y en otro momento, aprendí que también estaba con Maria, pero el reflejo de que estoy sola, de que me tengo que cuidar a mí misma, me quedó como una mancha difícil de lavar.

Eso me lleva a ser naturalmente desconfiada. La frase “problemas de confianza” es un eufemismo para mí: desde sutilezas como ir con la mano encima del bolsillo en el que guardo el celular por la calle, hasta cosas más grandes, como el hecho que no haya una sola persona en el mundo que me conozca totalmente. Supongo que esto último es un poco así para todos, pero creo que lo mío es a gran escala, si juntara a todas las personas que saben algo de mí en una sola habitación, y todas ellas aportaran el conocimiento sobre mí persona para “construirme” estaría incompleta, porque las únicas personas que sabemos todo de mí somos Dios y yo. Se acabó la lista. Y de a momentos, a mí me pueden tachar.


Y creo que acá ya se empezó a asomar un poco el costado paranoico. Es difícil dilucidar entre este lado y mi desconfianza natural, pero creo que hay bastante paranoia si tengo un miedo constante a que me roben, por ejemplo. Parezco bastante compleja, pero soy sumamente simple: una vez me robaron, ahora todos los días tengo miedo a que me roben; una vez mi mamá pisó a una paloma con el auto, ahora me sobresalto cada vez que una paloma vuela frente al parabrisas; una vez me traicionaron, ahora no confío del todo en nadie.

Y mientras escribo esto, me doy cuenta lo triste que es mi forma de vivir. Quizá no sea tan especial, quizá es la forma de vivir de todos, pero me parece más triste en mí misma, porque la experimento todos los días.

Y en medio de mi tristeza, surge un ápice de valentía: quizá pueda cambiar esto, quizá pueda animarme más, quizá, parte de no mentirme, es dejarme querer, es ponerme de cara a las situaciones y no huir constantemente de ellas, es no dejar que el miedo de la cara, mientras yo me escondo detrás de él.

Y quizá, sólo quizá, vos puedas hacer lo mismo, porque gran parte de vivir es ser valientes, es poner la cara cuando tenemos miedo, es enfrentarlo y no dejar que nos domine, y es confiar que Dios va a estar a nuestro lado sin importar las consecuencias, y que, si Él está ahí, nosotros podemos hacer lo que sea.

martes, 15 de enero de 2019

¿Cómo se supone que voy a estar bien con vos yéndote si en verdad te fuiste?

Está parafraseado, pero la inspiración la obtuve de la serie “You”, no se preocupen, no voy a contar nada.

Sin embargo, la frase me hizo reflexionar: ¿Cómo se supone que voy a estar bien con vos yéndote si en verdad te fuiste?

¿Cuántas veces, cuando una persona “se va” de nuestras vidas, no se va realmente? ¿Cuántas veces el momento de partida de alguien, el momento en que nos deja, no es, en verdad, el momento en el que lo/la dejamos ir? ¿Cuántas veces nos aferramos a un recuerdo, o más bien, a un perfil de una red social, para llenar el hueco que dejó una persona al irse y, de esa manera, no la dejamos ir del todo?

Las redes sociales nos facilitaron el arte de soltar. Pero también el de aferrarnos a cosas que nunca van a pasar.

Soltar porque todo es instantáneo. Ya escribí sobre este tema anteriormente así que no me voy a explayar demasiado, pero vale volver a mencionar lo efímero de las relaciones, de las amistades, de los vínculos. El como un simple me gusta puede determinar el inicio o el final de una relación: como punto de inicio, como una pequeña luz verde que nos invita a avanzar al momento de hablarle a una persona. Como punto final, como la señal de alerta de que la persona con la que estamos puede estar interesada en alguien más. Así con miles de cosas: un visto, una última conexión, un tweet, una historia, etc.

Y aferrarse, porque gracias a las redes sociales nunca tenemos que dejar ir del todo. Quizá ya no hablamos con x persona todos los días ni nos veamos tan seguido, pero, aunque cruzaron la puerta de salida, nunca terminaron de irse porque nosotros no los dejamos. Cada día entramos en sus redes sociales, revisamos sus perfiles, vemos sus historias, incluso hay aplicaciones (como Snapchat) que nos permite ver dónde están.

Entonces, ¿Realmente se fueron? O mejor dicho, ¿Realmente los dejamos ir?

Quizá ellos eligieron cruzar la puerta de salida de nuestras vidas, pero nosotros nos quedamos con una ventana, que aunque no brinda el espacio suficiente para que vuelvan a entrar, nos permite espiar que están haciendo en todo momento.

Imaginen la situación.

Piensen en esa persona cuyos perfiles en las redes sociales revisan diariamente: alguien que solía ser su amigo/a, su novio/a, su compañero/a, en fin, un ex-algo. Ahora, visualicen que, en lugar de un perfil a través de una pantalla, lo que ven diariamente es a esa persona haciendo distintas cosas, lo hacen colgados a través de una ventana, esa persona no saben que la están viendo, pero ustedes siguen cada paso que ella da frente a esa ventana.

¿Qué pensarían de ustedes mismos, entonces?

Me podrán tomar de exagerada, pero indirectamente, eso es lo que hacemos. Tenemos una ventana disponible las 24 horas del día que nos permite ver lo que, esa persona en la que pensaron antes, hace frente a ella.

No violaremos su privacidad, pero sin embargo estamos pendientes de alguien que no nos mantiene al tanto de su vida voluntariamente, al menos no a nosotros en particular, sí a la totalidad de sus seguidores, pero no a nosotros, a vos, a mí, en calidad de ex-algo.
Alguien que ya no habla con nosotros como solía hacerlo.
Alguien que salió de nuestra vida y, en consecuencia, nos expulsó de la suya.

¿No es insano, entonces, que sigamos colgados a la ventanita?

Cada uno tendrá su propia respuesta a esta pregunta, pero acá va la mía:

Sí.

Sí, es insano. Sí, es enfermizo. Pero no necesariamente para el otro, sino para nosotros mismos.

Es enfermizo aferrarse a algo que no es real. Porque en el fondo sabemos que lo que vemos por esa ventanita no es más que una proyección de lo que alguna vez tuvimos, pero ya no tenemos.

Entonces creo que deberíamos soltar, dejar ir.

Soltar lo que (o a quien, mejor dicho) quiere irse, y aferrarse al que quiere quedarse (y queremos que se quede, obviamente). Cerrar la ventanita de una vez por todas, por más tentados que estemos a abrirla de vez en cuando “por las dudas” y verdaderamente dejar a las personas que se fueron, irse.

Duele, sí lo hace. Da bronca, mucha. Pero es real, es más real que estar colgados de una “ventanita” todos los días y, una vez que pase el dolor, vamos a estar bien, y vamos a ser capaces de ver a esas personas, esos ex-algo, a la cara y sonreír verdaderamente, porque dejamos ir, porque sacamos la curita, y aunque sangró un poco, ya sanamos, ya estamos bien, y ya no estamos colgados a una ventana de imposibles que no hace más que reabrirnos la herida una y otra vez.