viernes, 8 de marzo de 2019

Vivir duele. Respirar duele. Pensar en vos duele. No pensar en vos duele. El sonido de tu voz duele. Saber que no voy a volver a escucharlo así de cerca duele más. Tu recuerdo arde. La distancia que me separa de vos se transforma en piedras que se asientan en mi pecho cada vez que inhalo y exhalo. Pensar en tus besos me duele. Pensar en besar a otro es desgarrador. No llorar no sana. Llorar sana pero destroza. Mirarte sonreír es como un mimo que rápidamente me recuerda que esas sonrisas ya no van a ser para mí. Tus defectos sólo alimentan mis esperanzas. Tus virtudes vuelven más pesada tu ausencia. El tiempo que pasa agranda la herida. Las cosas que no te pregunté dan vueltas en mi cabeza, pero la certeza de que te dije todo lo que tenía que decirte, y que aún así elegiste irte, frenan el recorrido de mis dudas.

Yo no te perdí. Vos me perdiste a mí. Pero entonces, ¿Por qué dolés tanto?

martes, 19 de febrero de 2019

El amor a la velocidad de un me gusta

Me haces sentir insegura. Confundida.

Yo sé que no lo haces a propósito, pero estás obligando a una controladora a soltar el control.

Controlar. Prevenir. Organizar.

“Mejor prevenir que lamentar”

¿Qué soy sin todo eso?

Insegura, asustada, una nena temblando sin toda la seguridad que parezco siempre llevar encima.

“Vos vení para acá” “Vos parate por allá” “Hacemos lo que vos quieras” pero ya revisé todas las opciones posibles para ver qué elegías.
Si me miras o no. Si te cruzas de brazos o estás cómodo. ¿Te tapas la boca? ¿Te estaré aburriendo?

Insegura. Controladora.

Dame seguridad.

Si no me vas a dar el control, dame la seguridad de que sabes manejar, de que vas a tener en cuenta mis sugerencias, de que vamos juntos, ni yo con vos, ni vos conmigo. Juntos. A la par.

Como me gustaría animarme a decir estas cosas en voz alta, pero me mantienen presas la inseguridad, la sociedad, la regla de que el que menos demuestra es el que gana.

¿Cómo podemos ver la sonrisa de alguien, secar sus lágrimas, a través de una pantalla? A veces la pantalla es el celular, otras veces, es la sonrisa falsa que esconde lo que en verdad sentimos.

Nos tildamos de aventureros, apasionados, pero somos copias exactas de una máquina que nos programa para sentir pero no para demostrarlo.

Todo beso es bueno mientras no cause sentimientos.

Los “Te amo” o “Te quiero” son aceptados siempre y cuando vengan seguidos de un “Jajaja”.

Y expresar que te quiero a mi lado para toda mi vida es una mala palabra, porque es intolerable que haya iniciado la conversación más de una vez, y ya van dos.

Así que todo lo que siento no puede propasar esta hoja, que nunca vas a leer y yo nunca voy a parar de escribir.

Dos generaciones y media

Un anciano y un joven se encuentran sentados en una mesa en medio de un jardín bien cuidado, el césped es verde y hay flores por todos lados, es una tarde soleada, probablemente de verano o de primavera. La mesa es una mesa decorada con pedazos de vidrio de distintos colores, y tanto las patas de la mesa, como de las sillas en las que están sentados son de hierro doblado de tal manera que daba lugar a distintos patrones.

En medio del jardín, hay una nena de unos cinco años juntando flores:-¡Para mamá!- grita contenta mientras muestra el pequeño ramillete al anciano y al joven.

-Andá a ponerlas en agua nena, así no se marchitan.- indica el mayor de los dos, a lo que la nena corre hacia el interior de la casa a la cual pertenece el jardín.- Tu tía era igual, siempre arrancando flores de acá y de allá, a tu abuela y a mí nos volvía locos, pero nunca le decíamos nada por lo contenta que venía a mostrárnoslas.- le comenta al joven.- Tu mamá, en cambio, nunca gustó de arrancar flores, al contrario, se ponía triste cuando lo hacía, en esa época estaba de moda arrancar margaritas, y me acuerdo que una vez fue a buscar a tu abuela llorando, a contarle que estaba triste porque mató dos flores.- se ríe.- Después de eso nunca lo volvió a hacer, siempre tenía un respeto distinto por la vida, andaba con mucho cuidado, ¡¿Y sabes la de veces que me retó por matar alguna rata?! Una vez maté a un gato que no paraba de maullar a la madrugada ¡Ja! No me hablo como por un mes.

-Sí, a mi me critica si mato algo que no sea un mosquito.- responde el muchacho a la ligera.

-Siempre fue muy…- se ríe con la mirada perdida en algún punto del jardín, hundido en la mar de recuerdos que lo invadian al pensar en su hija durante sus años de juventud.- La primera vez que trajo a tu padre, lo primero que le pregunté fue si sabía cazar, ¡El escándalo que me hizo! En realidad yo quería asustarlo, mostrarle que tenía la escopeta ahí guardada, por las dudas, pero tu mamá lo asustó más de lo que yo hubiese podido.- niega con la cabeza.- Al final salió una buena mujer, hicimos un buen trabajo, aunque yo no te niego que cuando conocí a tu papá tenía mis dudas.- le guiña un ojo, buscando complicidad.

El muchacho se ríe, no muy seguro de qué responder, la nena regresa y corre por el jardín mientras suelta palabras en medio de gritos de felicidad.

-Pero al final resulto ser un buen tipo tu viejo, el que era mala calaña es el marido de la Mirta, ¡Cómo la cago! Yo sabía que había algo mal con ese tipo desde un principio, ¿Pero a mí quién me va a dar pelota? Que soy un exagerado, que no entiendo nada,- niega con la cabeza mientras frunce el ceño.- al final yo tenía razón, aunque nunca nadie me lo va admitir.

Segundos de silencio, un colibrí pasa volando, la nena lo persigue, contenta, no se escucha más que el canto de los pájaros y el ruido de algún auto al pasar.

-En cambio, si la razón la tiene tu abuela tengo que ir corriendo a dársela.- resopla.- Es increíble el radar que tiene esa vieja para darse cuenta cuando estoy equivocado, ¡Hasta enfrente de mis amigos me corrige! Y siempre tiene razón, no hay con qué darle.- niega con la cabeza una vez más mientras dirige su mirada al joven que lo acompaña.- Si querés tener la razón, no te cases con una mujer inteligente.- resopla mientras gesticula con las manos:- ¡Va! ¡Para que te aclaro si con la noviecita que te buscaste vas por buen camino!

-No abuelo, Camila es una chica inteligente.- responde a la defensiva rápidamente el muchacho.

-¿Inteligente para qué, hijo?- preguntá con las cejas alzadas y entonación insinuante.- No confundas la inteligencia con otras cosas.

-No lo hago.- era evidente que el joven quería discutir, pero el mayor de los hombres fue rápido en continuar.

-La que sí es un buen partido es esta chica que siempre anda con vos, ¿Cómo se llama?- pregunta gesticulando con la mano al aire, como tratando de atraer el recuerdo.

-¿Quién, abuelo?

-¡La morochita! Que siempre traes a los cumpleaños.

-¿Guille decís? Pero ella es solo una amiga.

-¿Qué amiga ni qué ocho cuartos? Amigos son los huevos. Esa chica está enamorada de vos, yo sé lo que te digo.- le advierte con tono sabelotodo mientras va subiendo el volumen de la voz, enfatizando a medida que habla.

-Estás flasheando abuelo.

-¿Qué estás flasheando ni nada? A mi con esas palabras que usan ustedes ahora no, eh. Además, yo podré necesitar todos los lentes que quieras, pero de estas cosas sé bastante, al fin y al cabo, crié dos hijas que bien derechitas me salieron, y además sigo casado con tu abuela, que no es poco logro eh.- apunta con el dedo.

El joven niega con la cabeza.- Pero Guille es mi amiga, además ahora está saliendo con un wa… chico.- se autocorrigió al final, recordando la advertencia que le había hecho el anciano sobre su vocabulario.

-Yo sé de lo que hablo.- fue la mera respuesta del abuelo.

El joven pareció querer replicar, pero una vez más fue interrumpido, esta vez por el sonido de la puerta de calle al abrirse.

-¡Llegamos!- anuncia una voz de mujer a la par que se escucha nuevamente el ruido de la puerta.

Mientras una dos mujeres, una anciana y otra de mediana edad se acercan a saludar, la nena corre a entregarle el ramo de flores a la más joven de las dos.

miércoles, 30 de enero de 2019

Estrella fugaz

La chica de los ojos de estrella estaba llorando.

No. Estaba aguantando las lágrimas.

Lentes de sol cubrían sus ojos estrellados, auriculares intentaban sosegar su dolor con música y extraños que caminaban a su alrededor por la calle le dirigían miradas curiosas, pues resaltaba entre la gente por la velocidad de su paso en medio del paseo tranquilo, libre de responsabilidades, típico del domingo por la tarde.

Disimuladamente pasaba sus dedos por debajo de sus ojos de galaxias, atrapando las lágrimas antes de que cayesen.

Unos conocidos pasan frente a ella y la saludan, la chica de los ojos de estrella les devuelve su característica sonrisa, preguntándose cómo es tan imposible para el mundo ver que su universo se estaba cayendo a pedazos.

Sus piernas ansiaban correr, pero ella las refrenaba, no quería llamar la atención corriendo por en medio de la calle. En cambio, llevaba un paso apresurado, como quien está llegando tarde a un lugar, cuando en realidad es que no sabía hacia dónde estaba yendo, simplemente había comenzado a caminar, urgida por la necesidad de huir. El problema era que los demonios que la acechaban no quedaban atrás, por el contrario, bullían en su interior, y ella los llevaba consigo, atormentándola, a cada paso que daba, frenando cada avance que deseaba hacer.

Contaba las respiraciones. Uno. Dos. Uno. Dos. La chica de ojos estrellados conocía de cerca el pánico, pues su cielo no era tan tranquilo como uno esperaría, por el contrario, desde su juventud que este tipo de tormentas habían sido sus fieles acompañantes, yendo y viniendo, habían meses que la dejaban sola, pero luego, había semanas en que se convertían en su mejor amigo, o, mejor dicho, en su peor enemigo. Es así como lo reconocía cada vez que el susodicho intentaba tomar el control, las respiraciones pasaban a tener lugar una muy cerca de la otra y comenzaba a hiperventilar, su cuerpo dejaba de pertenecerle y el mundo que la rodeaba se transformaba en figuras a la distancia.

Pero esta vez no ganaría.

Si tan sólo supieran lo buena actriz que era… ya habría ganado más de un premio. Pero era tan buena actriz que jamás nadie había logrado ver más allá de sus mentiras, de su sonrisa alegre, que nadie había logrado comprender la profundidad en sus ojos estrellados, o nadie había querido, quizá, pues era más fácil quedarse en la superficie de su blanca sonrisa que ahondar en la oscuridad de sus ojos.

¡Qué bello y qué oscuro que es el cielo nocturno! ¿Qué cosas guardará en sus profundidades?

viernes, 25 de enero de 2019

Dios

Papá. Un Papá Misericordioso, paciente, que me espera con los brazos abiertos y con ojos de amor cada vez que me alejo, un Papá que no tiene reproches para mí, sino palabras de amor, un Papá que me pensó incluso desde antes que naciera, y que creó mi camino, amasó cuidadosamente mi alma, y puso mucho amor en mi interior, después, con un soplo, me dio la vida.

En ese momento preparó cada una de mis caídas, a veces se preparó para atajarme antes de que llegue al piso, otras, en cambio, se quedó parado para ayudar a levantarme, no importa cual de las dos eligió, siempre está a mi lado.

Y también pensó cada una de mis victorias, puso de su gracia en mí para que yo pueda lograr lo que me proponía, y escribió respuestas a cada una de mis preguntas, que están colgando en el aire para que yo, elevada por el fuego del Espíritu en la oración, pudiera alcanzarlas.

En ningún momento espera una retribución a cambio, sin embargo, cuando clamo muy fuerte su Nombre, las pocas veces que logro tener tan sólo un ápice de conciencia sobre la grandeza de su amor, ahí cuando me postro a sus pies y le ruego que me deje tomar sus asuntos en mis manos, así como Él toma los míos en las suyas, es ahí cuando me dice que lo único que quiere es que todos sus hijos puedan encontrarse con su amor, con la salvación que Él pensó para todos y cada uno de nosotros.

Y ahí es cuando más me emociono.

¡Qué grande que es mi Padre! ¡Teniendo toda la Gloria del mundo al alcance de la mano elije gloriarse en nosotros! ¿Cómo puedo ser merecedora de un amor semejante? Y tan rápido como hago la pregunta, me doy cuenta de la respuesta: no soy digna de su amor, sin embargo, Él me lo da, porque tal es su amor que fue capaz de entregar a su Hijo Único para salvarme, porque cada vez que me alejo, me espera con los brazos abiertos, porque no sólo dio la vida por mí, sino que la vive conmigo, porque chiquita, pecadora y torpe como soy, igual me alcanza una puntita de su Gracia, y desde mí hace maravillas.

Porque con sólo decirle que sí, Él logra imposibles.

María

Su paso es tan suave que a veces ni siquiera lo noto, pasa descalza por mi corazón tomando todas las cosas que me pesan, y haciendo mi carga más ligera con el simple roce de su manto. Sus manos dulces atienden mis heridas mientras que con severidad habla con su hijo, que es el Hijo de Dios, y es Dios en sí mismo, y le recuerda que yo estoy en la tierra, suplicando por sus milagros.

Jesús la mira un tanto reticente, es Él quien atiende mis suplicas, es Él quien conoce cuales son los tiempos perfectos, sin embargo, no puede decirle que no a su madre, y de la misma manera en que convirtió el agua en vino, atiende mi llamado.

¡Alabado y bendito mi Dios! Canto en alegría. Tan sutil es el paso de María que ni siquiera me pide que le de las gracias.

Sin embargo ella sigue ahí, caminando a mi lado, cubriéndome con su manto. Con su cálido tacto me acaricia cada vez que las preocupaciones no me dejan dormir, con su dulce voz me consuela cada vez que no me sale amar, es ella quien me revela el camino que Dios pensó para mí, cuando estoy demasiado asustada para oír la voz de mi Padre, es la Madre la que me revela lo que el Amor quiere para mí.

¡Oh dulce María! Llena de gracia, humana y chiquita, vos venciste a la serpiente, tan dulce, tan amorosa, y sin embargo fuerte y firme, decidida y con la esperanza puesta en Dios, tanta es tu fidelidad que el Pecado nunca logró corromperte.

Mamá del cielo, ¿Qué sería de nosotros sin tu sí? ¿Qué habría sido del Hijo del Padre sin tu fidelidad y tu docilidad? ¿Qué habría sido de todas las madres, sino tuvieran tu santo ejemplo?

Mamá, quiero ser más como vos. Quiero hacerme grande en mi pequeñez, quiero que mi sí sea tan firme como el tuyo, quiero ser capaz de pedirle los milagros a Jesús de la misma forma en que vos lo haces, quiero ser bendecida por tu dulzura, quiero escuchar al Espíritu antes que a la razón.

Cada vez que te miro, nada más que amor me devuelve tu mirada, ¿Como un ser humano puede amar tanto como vos amas?

Con tu manto y tus brazos abiertos, me llamas: “Hija, vení, con tu Padre del cielo te estamos esperando”, y cada vez que dudo en decirte que si, vos me aguardas, nunca cerrás los brazos, nunca te cansas conmigo, de la misma forma que tampoco se cansa Papá.

Tan suave es tu tacto que a veces ni siquiera lo noto, salvo por el sutil perfume que a veces me alerta de tu presencia, el olor a rosas me invade y calienta mi corazón, y todo mi ser clama por abrazar a mi Madre.

Santa y bendita sos. Ojalá algún día pueda ser más como vos.

La chica de los ojos de estrella

Podías ver la fuerza en medio de su fragilidad, sentada allí, en aquella silla, parecía que estaba sentada sola, en medio de la nada, pero en realidad se encontraba en una habitación llena de gente.

Minutos antes había estado sonriendo, riendo y bromeando. Su sonrisa, aquella hilera de blancos dientes, era suficiente para iluminar toda la habitación. Sus ojos guardaban los rastros de las veces  que aquella misma expresión había acontecido en su rostro, y el sonido de su risa parecía ser suficiente para traer comodidad y alegría a todos los presentes.

Luego la conversación pasó a otro tema, y ella aprovechó ese momento para perderse. Los pensamientos la inundaban, y si la mirabas ahora, veías a un ser pequeño, frágil. Repentinamente había cobrado y perdido años al mismo tiempo: por un lado quedaron a la luz los los años vividos, las lágrimas no lloradas y el estrés acumulado en las bolsas grisáseas debajo de sus ojos, en la expresión cansada de su rostro, en las marcas de preocupación de su frente que ahora parecían lo suficientemente profundas para competir con las huellas dejadas por las sonrisas, que se habían convertido en una silueta fantasmagorica en medio de un rostro desolado. Por otro lado, había rejuvenecido, en cuestión de minutos la mujer que derramaba amabilidad y belleza con cada paso se había convertido en una niña temblorosa cuya pequeñez pedía a gritos que la abrazaran, pero que jamás se dejaría acobijar.

Estaba convencida de que nadie la miraba, es por eso que se podía avistar su fragilidad. Normalmente, sólo mostraba su fortaleza, que como un rascacielo se alzaba hermoso y alto en medio de las nubes, imposible de derrumbar, inevitable de admirar.

Su desolación fue brevemente interrumpida por un pedido amable. El cambio fue casi automático: la sonrisa volvió a su rostro, los años que había ganado, se perdieron, y nuevamente creció hasta convertirse en la mujer que se encontraba sentada en aquella habitación. Incluso una broma amable abandonó sus labios, contagiando del buen humor que aparentaba llevar al emisor del pedido.

Pero así como había vuelto la vitalidad, a la misma velocidad de un chasquido se desvaneció cuando consideró que nadie la miraba.

Y una vez más estaba perdida en los secretos que ella sóla parecía saber, preguntándose si había alguien en la habitación que pudiera ver el cielo nocturno en sus ojos: infinito, oscuro, profundo y un tanto tenebroso, pero iluminado por miles de estrellas que encantan con su brillo.

¿Es que alguien era capaz de ver más allá de su sonrisa? ¿O esta era suficientemente luminosa como para encandilar a quien pusiese su vista en ella y evitar que pudiera avistar los largos campos oscuros e inhabitados que se escondían detrás?

¿Habría alguien en el mundo capaz de comprender a la chica de los ojos de estrella?