Hay personas y lugares que te hacen sentir en casa. No importa qué tan grande estés, no importa cuánto tiempo haya pasado, no importa qué tanto hayan cambiado, cuando se ven, cuando charlan, cuando se actualizan sobre su vida, de golpe te volves a sentir en casa, te volves a sentir en orden, te volves a sentir vos.
Y miras para atrás y ves todo lo que creciste, todo lo que cambiaste, y das gracias por eso, porque sos más grande, más bueno/a, mejor, pero al mismo tiempo era necesario reencontrarte con tu esencia, con ese sentimiento de familiaridad, con esa parte tuya que, sin importar cuánto tiempo pasa, no cambia, con ese centro, en lo más profundo de tu corazón, esa cosa que caracteriza a tu alma, que te hace ser vos.
¿Y qué sos vos sin la gente que amas? ¿Qué sos vos sin los que querés, sin los que te quieren?
Sin amor yo no soy nada. Pero a veces me olvido de eso, me olvido de amar y me lleno de otras cosas. De notas de la facultad, de trabajo, de hobbies, de rutina.
Ahí es cuando me pierdo, cuando me olvido quién soy, cuando me olvido de qué estoy hecha y caigo en el sin sentido.
Pero siempre van a haber personas y lugares que me vuelven a traer a casa.
Un helado con mi amiga de la adolescencia. Caminatas con mi mejor amiga de la infancia. Visitar un lugar que fue importante para mí cuando era chiquita. Encontrarme con alguien que me conoció hace unos años. Volver al libro que me cambió la vida.
Porque todas esas personas y cosas son lo que amo. Y lo que amo es lo que soy. Eso es lo que me construye.
Porque puedo ser sin una nota, puedo ser sin plata, puedo ser sin mis zapatos nuevos.
Pero no puedo ser sin amor.
No puedo ser sin merendar con mi vieja, no puedo ser sin ayudar a mi hermana con sus deberes, no puedo ser sin charlar con mi papá, no puedo ser sin aconsejar a mis amiga/os, no puedo ser sin leer un libro, no puedo ser sin tocar la guitarra.
Y sino puedo ser, no puedo hacer.
Así que sin amor no puedo hacer nada.